EL VASO DE SANTA TECLA

Desde mi posición todo se ve del revés.

De repente un brusco gesto me ha despojado de mi compañero que me abrazaba y me daba calor.

Ahora estoy solo y noto el frío descobijo de la intemperie. Pero no por mucho tiempo. El mismo gesto brusco, aunque esta vez más intenso, me arranca de mi posición y me da un giro de 180 grados. Me deposita justo debajo de una botella de cristal de la que sale un espeso líquido amarillo y a continuación debajo de un agujero tubular del que mana una sustancia congelada. Noto como me va humedeciendo hasta que me sumerjo en su seno y nado entre su dulce despropósito.

Paso de una mano a otra previo intercambio monetario. La nueva mano me sostiene con fuerza. Ahora consigo ver todo lo que me rodea. Una ingente masa de personas a mi alrededor se levanta del suelo para acecharme con sus desconocidos volúmenes. Luces intermitentes circulan por el espacio inundándolo todo de una desconcertante lucha entre luz y oscuridad. Una estridente borrasca ruidosa cubre el ambiente y se escabulle por el conducto auditivo dirigiéndose al cerebro. Una vez allí empieza a dar órdenes para que los miembros externos la obedezcan sin rechistar, empezando así una liviana danza humana.

Los dedos que me sostienen me depositan sobre una superficie tibia, tierna y carnosa. Una violenta succión produce un intenso rubor en mi superficie mientras voy sintiéndome cada vez más vacío y ligero. Tan ligero que la caída no es dolorosa. Al intentar levantarme un peso cae sobre mí, ejerciendo una enorme presión que destruye todas las estructuras sólidas de las que estaba compuesto, aplastándome contra el suelo. Empiezo a sentir un dolor agudo que crece intensamente en mi interior. Resto inmóvil. Veo trocitos de mi mismo repartidos en un radio cercano aunque inalcanzable.

Un ruido seco y duro me despierta del letargo en el que estaba sumido. Un reducido número de personas está agrupado tocando unos instrumentos en forma de tubos mientras unos personajes extraordinarios van desfilando con unos ropajes coloridos y estrafalarios: gigantescos seres que bailan erectos dando vueltas sobre ellos mismos y otros con enormes cabezas que visten guantes y van saludando a todo el mundo…

Empiezo a perder la noción del tiempo. De repente todo se enciende. Un tambor infernal resuena en todo el espacio y un regimiento de piernas avanza hacia mi, levantando un pie ahora otro. Un escalofrío recorre el elemento desfragmentado en el que me he convertido. El movimiento circular que empieza a realizar el corro humano alrededor mío, se convierte en un círculo de fuego y de explosiones que hacen retumbar cada molécula de celulosa de la que estoy compuesto. Paracaídas de pólvora caen por todas partes, extendiendo un olor a azufre que lo inunda todo de una locura bacanal e inmoderada.

Me dejo llevar por esta frenética sensación hasta que mi consciencia se desvanece. Al recuperarla horas después me encuentro tirado en el suelo, destrozado, pisado, sucio y mareado. A mi alrededor veo un ejército de semejantes que yace en las mismas condiciones que yo. Un leve gemido rompe el silencio, a éste le siguen otro. Y otro, y otro. Uno a uno van siendo ahogados.

La escoba barre los cuerpecitos despedazados para depositarlos en el cubo.

Con lúcida consciencia miro a los ojos a mi destino y cojo aire.

Oscuridad.


Esther Canals Piñol

Relat (revisat) escrit per Encuentros, suplement cultural. Publicat el 24.10.2011. Pàg. 2. Veure

 

EL FINO HILO ROJO

alexandre-ayxendri

El fino hilo rojo, tibio, va abriéndose camino, calmo, sin prisa.
Yo lo miro inmóvil.
Aturdida.
Cierro los ojos e intento concentrarme.

Oscuridad.

Siento la dureza del asfalto sobre el que yace mi cuerpo.

Me concentro más y más.

Un punto de luz situado en mi vientre empieza a crecer con dulce intensidad, es un calor reconfortante. Mis músculos se relajan y poco a poco noto como todo mi ser se lanza al vacío. Hacia un espacio creado por acumulaciones de tiempo en suspensión.

Cojo aire y me sumerjo. La inmensidad marina me rodea y danza a mi alrededor tentadora. Desde dentro la intermitente luz del sol destella entre las olas al ritmo del tambor que surge de lo más profundo del arenoso subsuelo. Me llama, me atrapa; nunca me alcanza. Pero lo hará.

Oscuridad.

Elefantes, he visto elefantes. He viajado en sus poderosas patas de palmera. Me regocijo entre el polvoriento remolino de materia que se alza ante su paso, dedicándoles el respeto que se merecen, con la más elegante reverencia.

He volado encima del más fiero dragón. Disfrutando de lo incontrolable de su vaivén. He perdido las riendas.

Divago.

La guitarra vibraba con toda su fuerza mientras entendía que nunca más se volvería a repetir esa sensación. Que nunca más sangraría de placer ante tanta sinceridad.
Verdad dolorosa.

He abierto las compuertas selladas con hierro forjado para conocer su más preciado secreto. Ese que me ha acompañado a lo largo de toda mi vida, ofreciéndose en sacrificio. Ese conocimiento ha sido mi más preciado material creativo. Ahora, alzado contra mi, es mi más letal destructor.

Se ha acabado el juego. Las fichas desaparecen y los puntos del dado se diluyen hasta su completa desaparición.

Me extingo.

Siento que un enorme meteorito cae sobre mi y las llamas abrasan mis sueños. Cómo en un pequeño teatro cerca de la chimenea, una a una van desfilando las reveladoras historias que mi inconsciente me tenía preparadas.

¡Arrancad el cartel de “Se busca”! Ya no volveré. No quiero palabras bonitas, ni más sal. Quiero que apaguéis la luz y me dejéis dormir. Que salgáis al exterior y respiréis con todos los sentidos. Que gritéis bien fuerte y sintáis que estáis vivos.

Me hubiera gustado gritar aquel día. Si hubiera podido quizás todo hubiese sido diferente. Quizás le hubiera construido la casita de madera que me pidió, me hubiera bañado en ese río, hubiera parado ese autobús y hubiera pensado que valía la pena.
Por lo menos intentarlo.

Quizás hubiera resucitado esa mochila y comprado aquel billete, hubiera escrito ese libro, hubiera estado más rato, le hubiera dicho que me había enamorado.

Quizás le hubiera llamado, perdonado, abrazado.

Quizás hubiera sido capaz de neutralizar todo ese miedo que me paralizaba. Esa corriente eléctrica que avanzaba hacia todos los rincones de mi interior para ordenarles silencio.

Quizás.

¿Cómo hubiera sido todo si no hubiese subido a esa cornisa?

Si no hubiera desafiado el intenso vacío convertido en mi constante compañero de viaje.

Si no hubiera saltado.


Relat escrit per Encuentros, suplement cultural. Publicat el 26.03.2011. Pàg. 2. Veure

Imatge: Alexandre Ayxendri